miércoles, 24 de octubre de 2012

NOS VAMOS AL GARETE Primera entrega En realidad, lo que a mi me apetecía era titular el trabajo NOS VAMOS A LA MIERDA pero confieso que, aunque suelo defender que no hay que tenerle miedo a las palabras, al final, como el resto de los españoles, sucumbo ante “lo políticamente correcto” y termino negando en las expresiones lo que afirmo en los hechos. Parece que como mucho, estemos avizorando la crisis en lugar de aceptar que estamos hundidos en la crisis. Me estoy refiriendo a los adultos proporcionales a 30.000.000 de habitantes ya que, 17.000.000 (más de 70% adultos) no están en crisis, están simplemente en la ruina. (“En España, según el padrón de 2011 la población era de 47.190.493”). Lo demuestra el hecho de que, en general, en lugar de apretarnos el cinturón, la realidad parece demostrar que, por ahora, nos estamos limitando a hacer un par de agujeros más en la correa, por si acaso. Y no estamos hundidos en la crisis porque hayamos descubierto ayer que las deudas públicas (y las privadas) nos llegan hasta la boca como le sucedió con el agua y el lodo a Omaira Sánchez, la infeliz victima de la tragedia del volcán Nevado del Ruiz en Colombia, fallecida el 16 de Noviembre de 1985. Las abultadas deudas públicas vienen arrastrándose ya desde la lejana? época franquista y se fueron incrementando casi exponencialmente con los primeros gobiernos de la democracia y, muy especialmente, con los funestos gobiernos del ínclito Felipe González que reiteradamente lo fue negando hasta el punto de conseguir contagiar a su sucesor político que lo superó con creces en todos los sentidos. Que se lo digan a los economistas. Así las cosas, José María Aznar (desconozco si forzado por las circunstancias o “gustándose en el quite”), con la inestimable colaboración de los Bancos, procedió a lo que a todas luces parece un ejercicio de ingeniería económica y financiera girando vertiginosamente en torno a la construcción que, como es sabido, arrastra consigo a cientos de industrias como la del cemento, los transportes, el hierro, el vidrio, la madera…, creando una ilusión económica que nos ha envuelto con sus cantos de sirena abocándonos irremisiblemente a la crisis paralela de la deuda privada. Trazaron un plan para construir en diez años las viviendas que habría que proveer en treinta, y los que carecíamos de la imprescindible (en este caso) información privilegiada, no fuimos capaces de verlo. Era tan fácil conseguir el crédito para comprar la vivienda, cambiar el automóvil, irnos de vacaciones al Caribe, etc., que al comparar las dificultades y los inconvenientes que se nos ponían con anterioridad a esa etapa, llegamos a creer que se debía, simplemente, a que, de repente, éramos ricos. Porque, no hace mucho, cualquiera podía percibir que los créditos eran para los que tenían dinero, es decir, para los ricos, y si los préstamos o los créditos eran para nosotros teníamos que llegar cargados de firmas y de avales de los ricos y eso no era fácil. ¡Faltaba más!. Para nosotros, por nuestra cara bonita, no había dinero. Y, después, como dejo dicho, no sólo había dinero para comprar pisos sino que lo había también para amueblarlos, para comprar coches, para vacaciones o para incorporar a nuestras cuentas corrientes. Y, como aval, valía casi cualquier cosa. Una simple nómina, que no garantizaba si al mes siguiente ibas a estar trabajando en la empresa que te la facilitaba, era suficiente. La situación, aunque no quisimos darnos cuenta, llegó a tener un cierto parecido con la leyenda del rey Midas y la maldición del dios Dionisio. La diferencia es que nosotros no queríamos que “las facilidades” que en su momento tuvimos “transformando en oro” lo que apetecíamos cambiara bruscamente. Aspirábamos a mantener la situación… para siempre. Siguiendo con el hilo. Desconozco si llegaron a trazar algún plan verosímil para cuando explotara el globo (ellos prefieren llamarlo burbuja porque tiene un volumen menor) pero tengo la impresión de que no. Lo cierto es que deslumbrados por la idea de que podíamos adquirir lo que nos apeteciera y que ya lo pagaríamos, no sólo los peatones, es decir, los de a pie, sino los que tienen la obligación de velar por nosotros a nivel interno e internacional (políticos y sindicalistas), hemos contribuido a este maremagnum (en su primera acepción) del que los beneficiarios no quieren que salgamos. Y no voy a señalarlos, porque están en la mente de todos. Pero sí voy a vaticinar los corolarios. ¡Se les romperá la cuerda y jamás volverán a disfrutar de una situación semejante!. En alguna otra reflexión anterior mía, que podía llamar tra-bajo, ya denuncio (de revelar) la participación de los economistas en este abuso monumental. Porque de eso se trata. De denunciar (en el mismo sentido) la barbaridad que supone todo el entramado económico y financiero que nos ahoga. Y porque simplemente es una entelequia para ingenuos, no se puede tolerar que, “Cuando un país compra más de lo que vende tiene que financiar la diferencia con préstamos; por el contrario, si vende más de lo que compra, puede prestar a otros con el excedente generado. Este principio es una característica de la balanza comercial”. Cavila un momento sobre el tema. Cuando un país compra más de lo que vende ¿por qué tiene que beneficiarse el mundo de las finanzas prestando en dinero (que no presta) a un Estado al que cobra unos intereses que al final voy a pagar yo? Existe alguna razón objetiva? ¿Estamos locos o qué? Yo no tendría nada que oponer si el tejemaneje del juego de la Bolsa beneficiara o perjudicara a quienes voluntariamente quisieran entrar en él pero, como es sabido, una buena parte de los descalabros que allí se dan los pagamos con impuestos y con mermas en nuestro estado del bienestar. Otra: Con argumentos que un amigo llamaba de “la cuenta de la vieja” quiero iniciar (en realidad es continuar) un tema para una reflexión: El Estado recauda los dineros (ingresos) procedentes de las impuestos, tasas y contribuciones especiales que contempla el presupuesto, a ritmos diferentes del gasto, lo que va a suponer que haya períodos más o menos largos en que se encuentra sin dinero para afrontarlo. Eso lo entendemos todos. No hay ninguna diferencia con lo que sucede en nuestra economía doméstica. Para salvar este escollo pide dinero prestado y lo tiene que devolver con intereses. ¿Por qué? ¿Qué razones objetivas existen que no se hermanen con la conveniencia, es decir con el interés? y, esta vez, el interés a que me refiero es el de los interesados. ¿Para qué están los Bancos Nacionales? ¿Te imaginas que yo, por cambiar mis dineros de un bolsillo a otro del pantalón me cobrara intereses? ¿Cuándo vamos a desincrustarnos esa garrapata que son los Bancos? ¿Quién le va a poner el cascabel al gato? No puedo estar más de acuerdo con la pancarta que decía: ¿Cómo quieres que el Estado solucione tus problemas si el problema es el Estado?

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