lunes, 20 de mayo de 2013


EN EL PECADO…

 

 

 

Un recuerdo emocionado aquí para mi profesora de la asignatura de Historia del Derecho que me puso en antecedentes del concepto de la “Cultura del Libro” en el que apoyaba la explicación de la convivencia histórica de las tres religiones occidentales  y que focalizaba en la ciudad de Toledo; por orden de aparición: la judía, la cristiana y la musulmana, en cuanto que se nutren de la interpretación de la Biblia en sentido lato, y que nos afectan de alguna manera como veremos.

En la medida en que las religiones son un instrumento más de dominación -¿por qué si no aquello de: “cuius regius illius religius”?- han  utilizado las grandes cuestiones más sensibles para  la persona y ¿cómo no reconocerlo? , entre todas, la más: el sexo.

         Porque el sexo es el motor del mundo; nos afecta a todos. Nadie ocupa su lugar en el mundo si no es por el sexo. ¿Conoces o supiste de alguien, en algún lugar, en algún tiempo, que haya surgido por generación espontánea, es decir, sin que haya intervenido el sexo?

         Ni siquiera quienes defienden la divinidad del para unos profeta y para otros el dios mismo, se han atrevido a prescindir del sexo.

         Podían haber planteado su aparición de mil maneras pero no lo hicieron, nace como tú y como yo de una madre, lo que supone la intervención de un padre. En suma: sexualidad.

         Y el sexo se demoniza para hacernos creer, desde hace  miles de años, que es intrínsecamente malo.

¡Solo se ha de usar para la generación de corderos (en el sentido pastoral del término y en el otro) y con cuenta y razón!

¿Quiénes?

¡¿Qué pregunta?: los demás!

Pero el sexo, que proporciona placer anímico y fisiológico y es mucho más que un mecanismo para prolongar la especie y transmitir genes, es fuente y a la vez refugio de sublimes sentimientos y, en mi opinión, evidentemente, ha de topar con ciertos límites para que la sociedad humana se diferencie en esto de otras sociedades animales.

Pero ha de ser, en primer lugar, la familia y después los educadores sociales, los que deben orientar a los educandos en esta materia alertándoles sobre  las consecuencias de un uso inadecuado del sexo. Y más que un catálogo de encorsetadas  normas, ha de ser la experiencia y con ella el sentido común, quienes formen a los jóvenes.

Han de conocer temprano las consecuencias de las relaciones heterosexuales pero también las de las relaciones incestuosas y homosexuales, y con todas ellas,  los medios para evitar los embarazos no deseados y las contaminaciones por falta o deficiencia higiénica y profiláctica.

Y han de conocer pronta, pero oportunamente, que el sexo es más que la penetración. Y, los educadores, deberán tratar con la naturalidad que le es propia, que la felación, el cunnilingus y el sexo anal son prácticas que requieren una buena higiene pero no son en absoluto sucias ni aberrantes.

Y, desde la educación de base que he recibido, infectada de dogmas, no me atrevo a hacer un pronóstico a futuro porque la premisa está viciada, pero sí hago votos porque la sociedad, cuanto antes,  reaccione también en esta materia y se sacuda de encima a los salva almas que no hacen más que vampirizar a las personas.

Cuando el sexo se vea con la naturalidad deseada dejará de interesar informativa y periodísticamente si un feligrés le hace una felación a un cura o viceversa, pero, entretanto, en el pecado (creado por éllos) llevan la penitencia. 

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