EN EL PECADO…
Un recuerdo emocionado aquí para mi profesora
de la asignatura de Historia del Derecho que me puso en antecedentes del
concepto de la “Cultura del Libro” en el que apoyaba la explicación de la convivencia
histórica de las tres religiones occidentales y que focalizaba en la ciudad de Toledo; por
orden de aparición: la judía, la cristiana y la musulmana, en cuanto que se
nutren de la interpretación de la Biblia en sentido lato, y que nos afectan de
alguna manera como veremos.
En la medida en que las religiones son un
instrumento más de dominación -¿por qué si no aquello de: “cuius regius illius religius”?- han
utilizado las grandes cuestiones más sensibles para la persona y ¿cómo no reconocerlo? , entre
todas, la más: el sexo.
Porque el sexo es el motor del mundo;
nos afecta a todos. Nadie ocupa su lugar en el mundo si no es por el sexo. ¿Conoces
o supiste de alguien, en algún lugar, en algún tiempo, que haya surgido por
generación espontánea, es decir, sin que haya intervenido el sexo?
Ni siquiera quienes defienden la
divinidad del para unos profeta y para otros el dios mismo, se han atrevido a
prescindir del sexo.
Podían haber planteado su aparición de
mil maneras pero no lo hicieron, nace como tú y como yo de una madre, lo que
supone la intervención de un padre. En suma: sexualidad.
Y el sexo se demoniza para hacernos
creer, desde hace miles de años, que es
intrínsecamente malo.
¡Solo se ha de usar para la generación de
corderos (en el sentido pastoral del término y en el otro) y con cuenta y razón!
¿Quiénes?
¡¿Qué pregunta?: los demás!
Pero el sexo, que proporciona placer anímico y
fisiológico y es mucho más que un mecanismo para prolongar la especie y
transmitir genes, es fuente y a la vez refugio de sublimes sentimientos y, en
mi opinión, evidentemente, ha de topar con ciertos límites para que la sociedad
humana se diferencie en esto de otras sociedades animales.
Pero ha de ser, en primer lugar, la familia y
después los educadores sociales, los que deben orientar a los educandos en esta
materia alertándoles sobre las
consecuencias de un uso inadecuado del sexo. Y más que un catálogo de
encorsetadas normas, ha de ser la
experiencia y con ella el sentido común, quienes formen a los jóvenes.
Han de conocer temprano las consecuencias de
las relaciones heterosexuales pero también las de las relaciones incestuosas y
homosexuales, y con todas ellas, los
medios para evitar los embarazos no deseados y las contaminaciones por falta o
deficiencia higiénica y profiláctica.
Y han de conocer pronta, pero oportunamente,
que el sexo es más que la penetración. Y, los educadores, deberán tratar con la
naturalidad que le es propia, que la felación, el cunnilingus y el sexo anal
son prácticas que requieren una buena higiene pero no son en absoluto sucias ni
aberrantes.
Y, desde la educación de base que he
recibido, infectada de dogmas, no me atrevo a hacer un pronóstico a futuro
porque la premisa está viciada, pero sí hago votos porque la sociedad, cuanto
antes, reaccione también en esta materia
y se sacuda de encima a los salva almas que no hacen más que vampirizar a las
personas.
Cuando el sexo se vea con la naturalidad
deseada dejará de interesar informativa y periodísticamente si un feligrés le
hace una felación a un cura o viceversa, pero, entretanto, en el pecado (creado
por éllos) llevan la penitencia.
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