lunes, 6 de mayo de 2013


¡QUEREMOS…!

 

La expresión completa y que figura en todas las pancartas de las manifestaciones que se dan en España (en el resto del mundo también) es: ¡queremos trabajo!

Coloquialmente vale pero, por exigua que resulte la reflexión individual (no parece que sea posible y ni siquiera frecuente la reflexión colectiva), caeremos en la cuenta de que las pancartas reclaman humo, es decir, nada.

Porque el trabajo no existe. El trabajo no es. Al menos el trabajo no es un ente tangible; ni siquiera ideal.

El trabajo es el vector físico o intelectual imprescindible para llevar a cabo una tarea, una función.

Vamos a detenernos brevemente en las acepciones que recoge el Diccionario de la real academia española: “Acción y  efecto de trabajar” y:  “Esfuerzo humano aplicado a la producción de riqueza”. (El resto de los conceptos lo dejo  para la curiosidad del lector, porque me interesa centrar el tema en los aspectos puramente humanos). Y no dice que es un sólido, un líquido o un elemento gaseoso. No dice que tenga forma, peso, tamaño, etc. En resumen no dice que sea una cosa.

Con el nacimiento de la revolución industrial, los ideólogos, los políticos y los sindicalistas, han venido alimentando interesadamente el uso de este slogan porque no encontraron individuos o colectivos que se les opusieran y porque como toda consigna revolucionaria, lo han revestido de la contundencia necesaria como para que pareciera que se trataba de algo palpable, es decir, tangible, alcanzable y apropiable.

¿Y cabría algo más estúpido que querer realizar un esfuerzo cuando lo más racional es pretender lo contrario? ¿No hemos oído hablar de la ley del mínimo esfuerzo?

¿Conoces a alguien que renuncie a la retribución económica de su aportación a una empresa, porque lo que le gusta y lo que le compensa es el esfuerzo, y le sublima llegar al borde de la extenuación?

¿Entonces?

¿Y resulta poco estúpido que, además, demandemos que el esfuerzo nos lo asignen y lo controlen los demás?

Lo que ocurre es que los colectivos que se manifiestan detrás de las pancartas, lo que no quieren es precisamente un esfuerzo, sino un empleo, que es cosa totalmente diferente.

Y la sociedad no es autosuficiente. Yo necesito lo que otros hacen y otros necesitan lo que hago o contribuyo a hacer yo.

Y demandar un empleo es natural y lógico porque todos los individuos no podemos (o no queremos) ser, y menos a la vez, emprendedores y empleadores. Muchísimas personas que estarían más que capacitadas para generar empleos, prefieren trabajar para un empleador sea este una persona física o una persona jurídica. Y es comprensible.

Así, cuando demandamos empleo, lo hacemos (o deberíamos hacerlo) frente a quienes creemos que pueden proporcionárnoslo ya que, lo contrario, alcanzaría cuotas astronómicas de majadería.

Pero demandar un empleo ante un ente abstracto no parece muy racional y, demandarlo dando a entender que lo hacemos frente a la Administración, es tanto como suponer que ésta va a crear las condiciones para emplearnos y facilitarnos los ingresos equivalentes; pero esto ya nos lo enseñó la Historia, tiene un nombre y unos apellidos que rechazamos por totalitarios.

¿O no?

Y queremos un empleo porque conlleva una remuneración, si no ¿de qué?

Pues, dejémonos de zarandajas. Salir detrás de la pancarta por este motivo no es más que bailar al son de la música de los que se benefician de nuestra ingenuidad y que ni ellos nos van a proporcionar el empleo ni estarán nunca en condiciones de forzar a nadie a que nos lo proporcione.

De modo que si pensabas fabricar una pancarta ten en cuenta lo que te digo y piensa que harás un esfuerzo que tampoco encontrará compensación económica. Ah. Pero si lo que te mola es darte un paseo y desgañitarte dando gritos, ¡adelante!

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