Cuando los
eruditos (incluyo a los periodistas) ya han vapuleado el tema hasta los
umbrales del hartazgo, considero llegado el momento de dejar plasmado aquí mi punto de vista sobre
el particular, porque está tratado como
el culo.
¿Monarquía o República?
Pues… queridos
opinantes de buena fe (excluyo a los de mala fe), desde la aprobación en
referéndum de la Constitución de 1978, no se puede hablar de Monarquía versus
República simplemente porque en España, de facto, y aunque en el artículo 1.3 de
la Carta Magna se diga (literal) que: “La forma política del Estado es la
Monarquía parlamentaria”, no pasa de ser un simple eufemismo porque, por
definición, la Monarquía (resumiendo todo lo resumible) es absolutista o no es
Monarquía.
Y, por
abreviar, no vamos a perder el tiempo con lo
que pensaron los padres de la Patria, etc. y menos buscando en los
textos lo que se dice sobre sobre Monarquías y Repúblicas
Porque los
hechos son contundentes y tozudos y nos demuestran que en España, desde la
Constitución de 1978, la forma política del Estado es una República cuya
jefatura se encomienda a un rey que, aunque proceda de una dinastía
históricamente absolutista, inaugura una nueva forma de presencia que trae su
causa en el agradecimiento de los franquistas reformistas y de los
antifranquistas de diversa índole, por renunciar a ejercer el poder que recibe
de Franco y aceptar la jefatura del Estado y de las Fuerzas Armadas, pero sin
poderes ejecutivos.
La cuestión
fundamental (por lo que aprecio) en que se apoyan los republicanistas para
cuestionar el sistema político español es que, el jefe del Estado no es elegido
por el pueblo y goza de inmunidad pero, ahí precisamente radica la efectividad
del cargo y de la función que no están sometidos a las tensiones y a los
intereses de los partidos de los que procedería un Presidente si optara a su
elección pública.
Y, hasta aquí,
bien.
Y si, con Juan
Carlos de Borbón se inaugura una nueva era para la política española y para la familia del rey, el sucesor en la
jefatura del Estado debería ejercer sus funciones con el nombre de Felipe o, si
le viene mejor, como Felipe I, porque la sucesión dinástica ya había quedado
interrumpida en la persona de su abuelo y, lo dicho: esta es una nueva era.
Si se hiciera
así, probablemente supusiera desarmar argumentalmente a muchos pancistas que intentan
que nos enfrentemos (nosotros, ellos no) con la monserga de Monarquía o
República mientras pasamos ―ellos y nosotros―
mirando hacia otro lado para no ver los auténticos problemas no resueltos de la
política y de la sociedad.
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